Lectura de Foucault sin pretensiones

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Por Sebastián Pineda Buitrago

 

     Al acabar de leer Lectura de Foucault, la tesis doctoral de Miguel Forney (Editorial Sexto Piso, México, 2014), me atrevo a plantear una hipótesis: la de que, más que un filósofo sistemático, Foucault es ante todo un ensayista.  

    La primera peculiaridad de mi ejemplar de Lectura de Foucault está en el formato. Como la filosofía de Foucault consiste en sospechar de todo lo establecido, los editores de Sexto Piso editaron el libro al revés. Jugaron una broma al “desocupado lector”. Si se toma a la manera acostumbrada, en lugar de las primeras páginas, el lector se encontrará con las últimas y con las letras invertidas. El ejemplar de Lectura de Foucault hay que tomarlo al revés y abrirlo por la contraportada.  

            Lo que nos encontramos al abrirlo, sin embargo, es un ensayo muy organizado, coherente y lógico. Miguel Morey, el autor, empieza con un prólogo de lo que constituye su tesis doctoral en la Universidad de Barcelona en 1980. Para entonces, al menos en el mundo de habla española, el nombre de Foucault no era tan conocido. La primera edición de su tesis implicó uno de los primeros intentos por ofrecer o ministrar dentro de nuestra academia lo que más tarde sería una “hostia envenenada”. La expresión de “hostia envenenada” la toma Miguel Morey de Octavio Paz, y tiene mucho sentido. El pensamiento de Foucault oficia en el subsuelo de la academia y el pan que reparte a sus fieles es una hostia envenenada: la negación y la crítica. Comentar la obra de Foucault se ha convertido en una suerte de ceremonia casi mística. La única manera de apartarse de tal mixtificación, según Miguel Morey, es la humildad y la autodisciplina. Obligarse a permanecer en la sombra. Restituir la voz y la nervadura discursiva del filósofo que explica. Asumir la consigna de Bacon: De nobis ipsis silemus (“callemos sobre nosotros mismos”). Por eso, llanamente, este libro se titula Lectura de Foucault.

            Miguel Morey articula su lectura  en el contexto histórico, puesto que ningún pensador rebasa los límites de su tiempo. Foucault es inexplicable sin las revueltas estudiantiles de París en mayo de 1968. Motivado por tal acontecimiento, el pensador francés concibió el poder como una dimensión del saber. Se despojó de la vaga terminología de izquierda y de derecha, y no se contentó con ver o denunciar el “poder” en el adversario. Cambió la perspectiva. No se enfocó en la explotación económica. Puso el énfasis en los mecanismos de poder que lo sustentan, es decir, en la naturaleza mental de los individuos, en la psiquiatría y en los sistemas penales que los controlan y que, por lo mismo, rebasan el contexto económico.

       Cronológicamente, L’ordre du discours (1971) es el primer ensayo en el que Foucault se plantea el tema del poder a partir de una relectura de Nietzsche, de la problemática entre voluntad de poder y voluntad de saber. En el Curso de Collège de France del periodo 1971-1972, Foucault prosigue su hipótesis de trabajo: no debería existir una preocupación por el origen del poder. No es necesario saber de dónde viene, sino “cómo funciona”. Es inútil preguntar si viene del Estado o si se surge de la dominación de una clase sobre otra. Lo importante es saber cómo ocurre y cómo se distribuye. Semejante hipótesis de trabajo arroja sus primeros frutos en Vigilar y castigar (1975).

        Sin divorciarse de la historia, como querían los estructuralistas, Foucault escarbó en los archivos de la Revolución francesa con el fin de hacer evidente el mecanismo, el funcionamiento del poder-saber. Tomó como ejemplo la caída de la monarquía en 1789. En aquel entonces no hubo un vacío de poder –nunca lo hay– sino un intercambio de poderes. Tres años después, el 25 de abril de 1792, el diputado revolucionario Joseph-Ignace Guillotin inventó la máquina para degollar cabezas, la guillotina, sin necesidad del verdugo. El régimen revolucionario, el nuevo poder, desplegó un nuevo saber tecnológico, la guillotina, y lo ejerció como un sistema de coerción y, desde luego, de castigo. Apoyado en el archivo (que él prefiere llamar arqueología), Foucault insiste en que poder y saber pasan a ser cara y cruz (águila o sol) de una misma moneda. Los supuestos sobre los que se apoya su análisis son cuatro y conviene citarlos, de acuerdo con el resumen y la traducción de Miguel Forney:

  1. El poder no es una propiedad (no se tiene), sino una estrategia (se ejerce). Su modelo es la batalla perpetua.
  2. El poder no se aplica sobre (algo-alguien), sino que pasa a través de.
  3. El poder no se ejerce sin riesgos, es esencialmente inestable.
  4. “No hay relación de poder sin constitución correlativa de un cambio de saber, ni saber que suponga y constituya a la vez relaciones de poder”.  

     En el último capítulo, Miguel Morey expone un proyecto inacabado de Foucault: la serie de seis volúmenes dedicados a realizar una Historia de la sexualidad, del que solamente apareció uno, La voluntad de saber (1976). En él, Foucault desestimó la hipótesis de una sexualidad reprimida por la sociedad burguesa. Por el contrario, a partir del siglo XVIII, la burguesía acogió la sexualidad como un aspecto revolucionario, sí, con el fin de oponerse a la aristocracia que era más recatada o casta o al menos discreta. La sexualidad, además, aseguraba el proyecto burgués de expansión hegemónica e indefinida, es decir, el crecimiento de la población, la saturación del burgo, el derramamiento de las ciudades en favelas y periferias. En ese sentido, concluye Foucault, “lo que es propio de las sociedades modernas no es que hayan obligado al sexo a permanecer en la sombra, sino que han obligado a hablar siempre de él, ensalzándolo como el secreto”. En adelante, Foucault concede al poder un valor, no de represión, sino de seducción.

       En varios cuadros sinópticos, Miguel Morey nos explica que para Foucault el poder no tiene como forma la ley ni su efecto es la prohibición; tampoco fija fronteras al sexo ni establece barreras. Poder y placer se refuerzan y constituyen una fuerza de atracción máxima. La indagación resulta muy actual. Si ahora que nos preguntamos quiénes somos con base en nuestros gustos sexuales, conviene advertido que aquello de admitir nuestra inclinación afectiva no nos emancipa del poder establecido. Detrás de la reafirmación del matrimonio de parejas de un mismo sexo, por ejemplo, hay toda una estrategia del poder-placer.

       Por lo demás, Miguel Morey no deja de criticar algunos aspectos de la obra de Foucault. Se apoya en el intelectual francés Jean François Revel, el autor de La gran mascarada (un ensayo contra la utopía socialista), para preguntarse si la filosofía de Foucault no consiste en una ficción, en una perversión de la historia. Tal vez buena parte de lo que se ha saludado como novedad en la obra de Foucault, de acuerdo con Miguel Morey, se diluye en la tenue línea que demarca la filosofía de la sofística; en un material híbrido como decía Edward Said: cuasi-filosófico, cuasi-histórico, cuasi-científico, cuasi-literario. Pero de eso se trata el ensayo, “el centauro de los géneros”, como lo definió Reyes. Más que filósofo sistemático, Foucault es ante todo un ensayista.