Reseña de "Seis ensayos en busca de Pedro Henríquez Ureña" (2015), de Liliana Weinberg

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Por Sebastián Pineda Buitrago
(El Colegio de México) 

Del género del ensayo mucho se habla pero poco se estudia. La frase feliz acuñada por Alfonso Reyes, "el ensayo es centauro de los géneros" (El deslinde, 1944), es apenas un abrebocas para las posibilidades teóricas de este campo de estudio. En el ámbito hispánico, en lo que va corrido del siglo XXI, pocos académicos han mostrado tanto rigor y apasionamiento por el estudio del ensayo como Liliana Weinberg, ella misma una ensayista de origen argentino, catedrática de la Universidad Nacional Autónoma de México. A ella le gusta hablar del ensayo como una “poética del pensar”, puesto que este género mixto tiene a la vez valor filosófico y de poema en prosa. Me atrevería a decir que Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) es, para ella, el epígono del ensayo en lengua española.

De ahí su reciente libro Seis ensayos en busca de Pedro Henríquez Ureña, que ha sido publicado por el Ministerio de Cultura de la República Dominicana en Santo Domingo, la tierra natal de su ensayista de cabecera. El título hace alusión sin duda a los Seis ensayos en busca de nuestra expresión, que Pedro (ya es hora de llamarlo Pedro, sí, a quien puso la primera piedra de nuestro ensayo contemporáneo), que Pedro, digo, publicó en la editorial Babel, de Buenos Aires, en 1928.

El primero de lo seis ensayos se titula “Un nuevo descubridor del Mediterráneo”. Me parece que es una respuesta a cierta gente demasiada dogmática, para quienes ya todo se ha descubierto. El auténtico ensayo se opone a aquellos académicos que obligan a la repetición de la repetición bajo la frase manida de que ya nada nuevo se puede descubrir, menos el Mediterráneo, porque para ellos es como descubrir el agua tibia o que el agua moja. Este ensayo de Liliana me recuerda el prólogo de El deslinde, la primera teoría literaria formulada en Nuestra América, en donde Alfonso Reyes sentencia:

“es mucho menos dañoso descubrir otra vez el Mediterráneo por cuenta propia (puesto que, de paso y por la originalidad del rumbo, habrá que ir descubriendo algunos otros mares inéditos), que no el mantenernos en postura de eternos lectores y repetidores de Europa.”

            No es gratuito que haya sido Reyes quien haya insistido en descubrir el Mediterráneo por cuanta propia si no olvidamos que Pedro fue su mentor. Ambos se tejieron en el Ateneo de la Juventud –previa Sociedad de Conferencias– entre 1907 y 1913. Detrás del Ateneo de la Juventud, según Liliana, hay un nuevo descubrimiento del Mediterráneo, es decir, del mundo griego. Para Pedro, el helénico es el pueblo que inventa a discusión, la crítica: “Mira al pasado, y crea la historia; mira al futuro, y crea las utopías”. Cada generación, por parafrasear alguna frase conocida, debería descubrir por cuenta propia el Mediterráneo. Así Pedro, de acuerdo con Liliana, nos ayuda a repensar la historia desde una idea de larga duración (concepto que ella toma del historiador F. Braudel), cuyo eje sería la historia de un mar –de una civilización– en lugar de la historia de individualidades aisladas.

Sugiere Liliana, en un pie de página, si no intentó Pedro hacer del Caribe nuestro Mediterráneo. (p. 58). El Caribe, claro está, entendido a la manera en que lo explica el ensayista puertoriqueño Antonio Benítez Rojo en La isla que se repite, es decir, que a pesar de la veintena de nacionalidades hispanoamericanas –incluyendo las comunidades hispanas en Estados Unidos– el Caribe, el ritmo caribeño, puede asomarse en un bar de salsa en Nueva York o en el magisterio de Pedro en una escuela de preparatorio en Mar del Plata, Argentina.

            Si en el tercer ensayo Liliana pone a dialogar a Pedro con el ensayista peruano José Carlos Mariátegui, en el sexto –y último– lo pone a dialogar con el ensayista argentino Ezequiel Martínez Estrada en un vagón de tren por la pampa de camino entre Buenos Aires y La Plata. Así, la literatura comparada adquiere una gran naturalidad y se lee como bebiendo agua. Con claridad. El enfoque comparatista Liliana lo plantea tanto desde la historia de la edición –lo cual constituye toda una novedad en los estudios literarios­– como desde luego desde el contenido, sin dejar de señalar las simpatías y las diferencias entre Pedro y Mariátegui, y entre Pedro y Martínez Estrada. Liliana profundiza en los archivos, en las revistas de la época, y saca a la superficie la primera reseña sobre el libro de Pedro, el de Seis ensayos en busca de nuestra expresión, escrita por Mariátegui el 28 de junio de 1929 en la revista Mundial, de Lima. ¿Son las reseñas ensayos?, se pregunta Liliana. Y se contesta a sí misma con mucha seguridad:

“Sabemos que en distintos momentos y espacios de la producción latinoamericana las reseñas han cumplido un papel fundamental, y en este caso nos encontramos con un texto de una importancia mayor, que traduce el encuentro entre dos grandes figuras intelectuales y marca un hito para la crítica literaria latinoamericana, con la fuerza de un manifiesto de la política de la cultura a la vez que de fundación de un espacio común de discusiones para pensar de manera renovada nuestra literatura.” (p. 63).

El cuarto ensayo en busca de Pedro, “Un testigo mayor de la revolución mexicana”, me lleva a imaginar al dominicano, ante todo, como un testigo de la Decena Trágica, es decir, de los diez días de terror que sufrió la Ciudad de México entre el 9 y el 19 de febrero de 1913. El hombre inteligente, como Pedro, duda pronto de las revoluciones. A quien solo busca el chisme y el cotilleo no le aconsejo la lectura del la carta del 11 de febrero de 1913 que Pedro dirige a su hermano Max desde Ciudad de México, dos días después del asesinato del general Bernardo Reyes, el padre de su mejor amigo. No conviene que lea esa carta, porque no hay ninguna visión patética de la Decena Trágica: todo el “drama” –tan propio de México– se esfuma por la precisión y tenaz seriedad intelectual de Pedro y por su impresionante disciplina mental. A sus virtudes debemos que Alfonso Reyes no haya podrido su alma en ninguna venganza política. Aquí está la carta, cuya conocimiento debemos a Miguel D. Mena, fundador de la página Cielo Naranja y de la familia henriquezureñista a quien Liliana dedica su libro: [http://www.cielonaranja.com/paginaphu-bernardoreyes.htm].  

Sugiere Liliana, en este cuarto ensayo en busca de Pedro, el hecho de que él y Reyes estudiaran Derecho. Ambos, según ella, “repiensan cuestiones jurídicas y morales desde una nueva posición crítica.” (p. 104). Acaso, para estudios posteriores, sería interesante observar en la tradición jurídica de Hispanoamérica la presencia latente del ensayo. Desde luego el ensayo literario nos viene en línea directa de Montaigne, pero hay también un ensayo menos literario –el jurídico, el moralista, el teológico– que llegó hasta tener una escuela, la de Salamanca, y que se propagó por Hispanoamérica a través de la casuística o casuismo, es decir, de los moralistas o ensayistas de la conciencia. Motivos de Proteo (1909), de Rodó, es el culmen de semejante tradición.  

Finalmente, creo que Liliana plantea en este libro un gran desafío: el de diluir la distinción entre filosofía y literatura por cuanto se trata de una división –al menos en las letras iberoamericanas– sumamente artificial. Tanto en Pedro como en Reyes lo filosófico constituye una característica de su escritura, es decir, lo filosófico está incorporado ya a su idea de la literatura. De ahí la insistencia de Liliana, en el segundo de los ensayos, en que Pedro ante todo fue un gran lector de Platón. Cualquiera que haya leído el Fedro de a Platón recordará que filosofía no es sino la escritura de la escritura, es decir, el ensayo: la escritura que se ensaya todo el tiempo sobre sus propias capacidades para pensar. ¿Apartar a Pedro o a Reyes porque no son novelistas? Sería lamentable. En realidad, lo que hacen Pedro y Reyes consiste en un novelística subliminal; una novela donde la tensión no está en las anécdotas, sino en las ideas.

                        Prosa mansa y contenida.

Pedro era sumamente consciente de ello. El 20 de diciembre de 1914, sin embargo, le escribe a Reyes sobre el temor de pasar como un mero erudito y no como un escritor:

“Mi vanidad me dice que yo, que a los ojos de unos cuantos mexicanos y cubanos soy una personalidad singular, corro el peligro de pasar, no diré a la historia, sino a la croniquilla literaria de América, como una leyenda engañosa: personaje de quien se cuentan cosas de interés espiritual, originalidad, influencia y demás, y que en su obra resulta ser un escritor sin libros, y de unas ideas y de un estilo más o menos académicos y acaso pedantes (hay más académicos de los que piensa nuestra filosofía). Mi vanidad sigue diciendo que, si yo supiera escribir, pudiera ser autor de algo como Camino de perfección, la bella novela de Pío Baroja. Y por eso quiero llegar a escribir con libertad, y cosas creadas en la fecunda conversación (ay! aquí no hallo con quién)” (edición de Juan Jacobo Lara, p. 113).

Dejo hasta aquí mis apuntes, con el fin de retomarlos más adelante.